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Portada Revista Diario El Mercurio Revista del Domingo en Viaje 13 de Abril 2003

Texto: M. Soledad Holley.

Fotos: Juan Eduardo López

VILLA O'HIGGINS, TIERRA DE HUEMULES

Ver huemules en su hábitat natural es un privilegio que pocos chilenos han tenido. Si antes circulaban libremente en la precordillera desde Rancagua hasta el Estrecho de Magallanes, hoy sus territorios se reducen a algunas reservas en la zona sur del país.

Una de ellas es la cuenca del río Mosco, en Villa O'Higgins. En esos parajes vírgenes, cubiertos de bosque nativo y casi aislados de contacto con el ser humano, todavía es posible ir tras los pasos del huemul.

¡Pucha, amaneció lloviendo!, exclaman varios por la mañana en Villa O'Higgins. Es que la posibilidad de caminar cinco horas bajo la lluvia y metidos en el barro para llegar al campamento base del río Mosco no es muy atractiva. Y para oscurecer más el panorama, se pone a granizar.

Así es el clima en la Región de Aysén, nunca se sabe qué va a pasar. De hecho, esta expedición ­compuesta por geógrafos, botánicos, ornitólogos, especialistas en huemules y gente del SAG, Codeff, Conaf y del Ministerio de Bienes Nacionales­ casi no llega a destino porque el puente Vagabundo, entre Cochrane y Puerto Yungay, fue destruido pocos días antes debido al mal tiempo.

Pero el equipo, que viajó hasta la zona para realizar estudios científicos en la cuenca del Mosco, en especial para recoger información acerca de una colonia de huemules, llegó sin novedades a Villa O'Higgins y está listo para comenzar la travesía final. Unas veinte personas ajustan sus mochilas y se abrigan, mientras Hans Silva, concejal del pueblo y encargado de la logística de la expedición, da las últimas indicaciones antes de iniciar el ascenso al campamento base.

La caravana comienza a subir por una escalera de madera que llega hasta un mirador. La vista de la Villa, el lago O'Higgins y las montañas circundantes es magnífica. "Cuando está despejado se ve hasta el Campo de Hielo Sur", dice Hans. Luego, el sendero se interna por el bosque y los paisajes se tornan cada vez más salvajes e impactantes. Dejó de llover, así que la marcha es mucho más expedita, y con los rayos del sol que se asoman, los colores de los árboles y el cielo se ven mucho más intensos.

El sendero no es fácil para alguien poco acostumbrado a las caminatas. Hay que saltar troncos, esquivar raíces, subir y bajar laderas e ir dispuesto a embarrarse hasta las rodillas, pero no hay para qué apurarse ni hacer demostraciones de destreza. Sólo hay que tomarlo con calma y mantener un ritmo constante, aunque sea lento. Así, uno puede ir parando para beber agua de un arroyo, quedarse mirando cómo un pájaro carpintero se las ingenia para cazar gusanos en la copa de un ñirre y tomar merecidos descansos sentado sobre algún tronco.

El río Mosco hace de límite con Argentina y desemboca en el también limítrofe lago O'Higgins. Su cuenca está prácticamente inexplorada y eso ha permitido la preservación de las especies nativas de la región de Aysén, particularmente del huemul, que por estos parajes circula casi sin restricciones. Pero aún no se sabe cuántos ejemplares hay, así que uno de los principales objetivos de la expedición es recoger información de este animal, basándose en avistamientos, huellas, fecas y cornamentas que se puedan encontrar.

La labor que cumplan los geógrafos también es relevante. El Mosco, que desciende de cuatro sistemas glaciares en proceso de retroceso, sufre de frecuentes crecidas, así que ellos, además de estudiar la formación del valle, evaluarán los riesgos que representa para la población.

Luego, con los resultados de la investigación, el ministerio de Bienes Nacionales, que administra estos terrenos fiscales, analizará las alternativas para explotar y seguir preservando este recurso. Una de las propuestas es crear un parque turístico, con énfasis en el avistamiento de huemules, que sea administrado por privados.

Las expectativas del grupo son altas, y cada uno va sacando sus cuentas a medida que avanza por el sendero. Jorge Tomasevic, el ornitólogo del grupo, se queda imitando los sonidos del hued-hued que se cruzó por el camino; Nicolás García, botánico, no deja de recoger muestras de plantas; y Alexander Brenning, geógrafo alemán, revisa atentamente la ladera del cerro.

"¡Cuidado! Pisaste una huella de huemul", advierte Soraya Corales, de Codeff. Uno, que anda preocupado de los troncos y las raíces, difícilmente se da cuenta de que el sendero hasta el refugio está lleno de pisadas y fecas del animal nacional. Según los expertos, son rastros frescos, así que las ilusiones de encontrarse con un huemul a boca de jarro son aún mayores.

"Entonces deben andar por aquí", afirma uno, convencido de que ver a este esquivo animal es como encontrarse con un perro en la calle. "No creo", replica Soraya, "porque en el verano suben a las partes altas de los cerros con sus crías. De hecho, es raro que anden ahora en esta zona, porque bajan durante el invierno". Habrá que esperar hasta el día siguiente para avistar huemules.

La llegada al refugio es una sorpresa, porque nadie esperaba encontrarse con una cabaña tan bien construida en medio de este paraje tan virgen. Parece la casa de Hansel y Gretel, protegida por un bosque de lengas, con un arroyo corriendo por el lado y con un buen fogón encendido para comenzar a desentumecer los pies después de cinco horas de marcha.

Pero más impresionante es la logística de la expedición. No alcanzamos ni a llegar cuando un grupo ya está armando las carpas donde vamos a dormir. Además, hay un cocinero que prepara un puchero para recomponer el cuerpo. Mientras, Hans instala una radio para comunicarse con Villa O'Higgins, y enciende un generador para tener luz por la noche en la cabaña y poder conectar los computadores de algunos de los expedicionarios. Y se agradece, porque la exhibición de las fotos tomadas durante el día es parte de la entretención nocturna.

Estamos de suerte, amaneció despejado y los distintos grupos se aprontan para comenzar con la investigación. Los geógrafos dirigen sus pasos a la continuación del sendero, que termina en el glaciar Mosco; el ornitólogo pasará largas horas observando cada pájaro; los del SAG se internarán en el bosque para ver qué otros mamíferos hay en la zona; y los de Codeff parten con camas y petacas al cerro Huemul. La idea es acampar allá y recoger la mayor cantidad de información que se pueda.

Hans Silva nos acompaña la primera parte del trayecto. Después de siete años viviendo en la región, conoce la cuenca del Mosco como la palma de su mano, y al parecer ha sufrido una especie de mutación a huemul, porque salta y se desplaza por el terreno escarpado con la naturalidad de uno de estos animales.

Los de Codeff no lo hacen nada de mal. Es cierto que no avanzan con la misma velocidad de Hans, pero lo hacen con resolución. Están acostumbrados a subir y bajar cerros en busca de huemules a lo largo de Chile, así que esto de esquivar troncos caídos y aferrarse de las ramas es pan de cada día.

Después de poco andar, el sendero desaparece, así que confiamos en la orientación del guía de Conaf, y nos vamos internando en un bosque cada vez más cerrado. Hay que tener cuidado de no meter el pie en las turberas (suelos muy húmedos cubiertos de vegetación tipo musgo), y los últimos metros de subida del cerro son tan escarpados, que ya no caminamos, sino que reptamos aferrados hasta de las raíces.

De repente el bosque se acaba y es reemplazado por una gran extensión de turberas. La nieve de la cumbre está mucho más cerca, y al fondo de la quebrada se siente el murmullo del río.

Lo único que esperamos ahora es ver huemules, y no pasa mucho rato antes de que llegue Cristián, uno de los guías, a decirnos que un poco más arriba hay una hembra. Partimos todos corriendo a ver el hallazgo. Ahí está el huemul observándonos, espiando cada uno de nuestros movimientos. Intentamos acercarnos, pero a cada paso que damos el animal se aleja, hasta que se pierde en los matorrales.

"Calculo que vamos a ver al menos dos grupos familiares en este cerro", advierte Soraya. Los huemules suelen vivir en grupos de cuatro a cinco, incluyendo macho, hembra y crías. Además, necesitan de los bosques para protegerse de la lluvia y el sol, así que la cuenca del Mosco, llena de lengas y coigües prácticamente intocados, es el hábitat ideal para ellos.

Al finalizar la jornada de investigaciones hay buenas noticias. El ornitólogo avistó diez especies de aves, entre ellas el carpintero negro; los representantes del SAG descubrieron huellas y fecas de puma, lo que significaría que este animal vive en armonía con los huemules; y llegaron las cosas que se quedaron en Villa O'Higgins el día anterior, así que el refugio, que ya contaba con un montón de comodidades, ahora parece una casa perfectamente decorada.

Lo único preocupante, además del desgaste de algunas rodillas poco acostumbradas al trekking, es el estado del sendero hasta el glaciar. Si bien siguen marcados los puntos de interés, la última crecida del río, una semana antes de la llegada de la expedición, se llevó gran parte de la huella. Y como más vale prevenir que lamentar, es altamente recomendable hacer el recorrido con un guía y equipo adecuado para escalar.

La última comunicación del día con el grupo de Codeff, que acampa en el cerro Huemul, es motivo de júbilo: avistaron dos parejas con crías, y gracias a la docilidad de este animal pudieron acercarse a dos metros de ellos. Calculan que hay unos 25 ejemplares en la cuenca del Mosco. Nos vamos felices a nuestras carpas, sin darnos cuenta de que comienza nuevamente a llover y que no cesará en toda la noche.

Las salidas que estaban previstas para la mañana siguiente se retardaron por la lluvia, así que nos reunimos todos a tomar desayuno. Nada que envidiarle a un buffet de hotel, porque hay yogur, cereales, jugo, fruta, y unos inmejorables huevos revueltos. Es que el campo abre el apetito, además que hay que acumular energía para caminar sobre el barrial en el que seguramente se ha transformado el sendero a Villa O'Higgins.

Ya aprendimos de la primera caminata, así que sólo nos protegemos de la lluvia, nada de ropa gruesa. Y vamos andando, esta vez con más cuidado, porque la senda está jabonosa y los pies se hunden en las pisadas de los caballos que han pasado como cinco veces por ahí.

El río Mosco y los arroyos afluentes vienen más caudalosos y cuesta más vadearlos. Pero a nadie parece preocuparle, porque después de tres horas de marcha bajo la lluvia, lo único que interesa es llegar pronto al pueblo para darse una ducha bien caliente antes de seguir camino a Cochrane.

Hay que apurarse porque la última barcaza a Puerto Yungay es a las cinco de la tarde y vamos con el tiempo demasiado justo. Sigue lloviendo y la niebla envuelve los cerros. "¡Paren, hay dos huemules!", grita uno en el auto. De golpe se nos olvida que vamos contra el tiempo y sólo atinamos a detenernos. Una hembra y su cría nos miran atentamente. No podíamos esperar una mejor despedida.


Carta al editor de la revista del Domingo en Viaje. Domingo 4 de mayo de 2003

Señor editor:

¡Alentador el reportaje a los huemules de Villa O'Higgins! Pero tengamos cuidado. Su mansedumbre y confianza en el hombre son su perdición. En 1945 una docena de huemules rodeó curiosamente las carpas de Augusto Grosse en el Valle Huemules: hoy no queda ni su recuerdo.

La pequeña población de Villa O'Higgins requiere el máximo de protección. ¡Nada de pobladores ni de ganado ni de perros ni tampoco de turistas intrusos! !Démosle al huemul el trato de tesoro nacional a que tiene derecho! La espada de Damocles de la extinción sigue pendiente sobre nuestro hermoso animal heráldico. Godofredo Stutzin

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Hembra huemul Huemul hembra, curiosa y alerta ante los viajeros

Refugio Río Mosco Campamento base al atardecer

 

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